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LAS POSIBILIDADES terapéuticas ante la demencia senil

LAS POSIBILIDADES terapéuticas ante la demencia senil contemplan una serie de estrategias de actuación que no se limitan al campo farmacológico, sino que suponen también cambios en el ambiente social y afectivo en el que vive el paciente.
Es importante impedir que el anciano se encierre en un aislamiento emocional y psicológico

CÓMO SE CURA

HOMBRE MAYOR

El problema del tratamiento de la demencia senil es complejo. Existen en el mercado alrededor de 40 principios activos con acción terapéutica en relación a dicha patología y se hallan en vías de experimentación muchas otras sustancias. Por consiguiente, sería imposible examinar aquí de forma exhaustiva el perfil de todas estas moléculas.
Los resultados de las investigaciones realizadas con dichas sustancias permiten sin embargo anticipar algunos conceptos.
Algunos fármacos son poco útiles y su amplia utilización se debe probablemente al hábito y a la desinformación.
Otros fármacos tienen mayor interés por que reflejan los conocimientos actuales de la enfermedad, pero habrá que realizar aún muchos estudios antes de poder formular una valoración definitiva.

VASODILATADORES CEREBRALES

Las indicaciones de su empleo se han visto considerablemente reducidas a raíz de la evolución de los conocimientos que han desmentido la vieja hipótesis de la extendida constricción arteriosclerótica. Hoy día, las dos principales formas de demencia se distinguen en función de si predomina una lesión primitiva del tejido cerebral o una lesión arteriosclerótica, y además estas dos entidades se comportan de distinta forma después de la vasodilatación. En efecto, en las demencias tipo Alzheimer, la vasodilatación no puede ofrecer ninguna ventaja. Se ha demostrado que en esta forma de demencia un aumento de los niveles hemáticos de oxígeno no tiene efecto alguno sobre los síntomas de la enfermedad.
En las formas de arteriosclerosis, apenas si es posible un aumento del flujo sanguíneo, que podría incluso ser muy peligroso.

PSICOESTIMULANTES

La anfetamina y sus derivados deberían teóricamente ejercer un efecto positivo sobre ciertos aspectos clínicos de la demencia. En efecto, mejoran el grado de atención, los reflejos y las prestaciones físicas y cerebrales en general. Desgraciadamente, el uso de estos fármacos en la demencia ha defraudado las expectativas y su valor en geriatría es discutible.

TRANQUILIZANTES Y ANTIDEPRESIVOS

Se emplean en los estados de agitación y en las alteraciones del sueño, del comportamiento y del humor que acompañan a la demencia en todo su curso clínico.
Estos fármacos deben utilizarse preferiblemente por la tarde, para mantener el ritmo sueño-vigilia normal del día y de la noche; además, deben utilizarse a dosis más bajas que en los individuos jóvenes. Aunque pueden provocar trastornos colaterales incluso relevantes (temblores, estados confusionales, etc.), estos fármacos se cuentan entre los más utilizados en el tratamiento de la demencia; en efecto, su aplicación correcta ayuda a alcanzar un importante resultado, que consiste en mantener al paciente en su ambiente de vida y facilitar la acogida y los cuidados por parte de los familiares, gracias a la reducción de comportamientos agresivos o confusionales y a la corrección del insomnio.

OTROS FÁRMACOS

En los últimos años, se han intensificado los esfuerzos en la investigación farmacológica con objeto de individuar nuevas sustancias que, al actuar a distintos niveles sobre las diversas funciones cerebrales afectadas en el anciano, puedan contribuir a mejorar la capacidad de memoria y de aprendizaje. Los resultados de estas nuevas terapias son aún contradictorios, aunque esperanzadores.
Actualmente los fármacos proporcionan una ayuda muy limitada en el tratamiento de la demencia de la persona anciana, en relación a la cual se hace, pues, necesario recurrir a otras medidas terapéuticas de tipo no farmacológico. Constituyen una excepción los fármacos que pueden ser de utilidad como sintomáticos, es decir, que sirven sólo para corregir algunos síntomas de la demencia (an tidepresivos, tranquilizantes). Su prescripción no puede realizarse de forma superficial, sino que requiere precaución en relación a la dosis y vigilancia ante posibles efectos colaterales: algunos de éstos, si son leves, pueden ser aceptados como precio del efecto terapéutico alcanzado, mientras que debido a otros ha de suspenderse el tratamiento por la gravedad de los daños que pueden derivarse.

ALTERNATIVAS A LOS FÁRMACOS

 • El ambiente.
Esta forma de tratar la demencia senil se contrapone a la idea, aún hoy firmemente enraizada, de que el anciano demente no es ya capaz de aprender y de desarrollar una vida intelectual propia.
El concepto fundamental de esta propuesta terapéutica es que el demente es muy sensible a las características ambientales, las cuales, según una experiencia ya consolidada, desempeñan un papel fundamental en el mantenimiento o en la inhibición de ciertos comportamientos. Ello resulta evidente, en sus aspectos negativos, sobre todo en los dementes que han sido internados en un hospital o en instituciones para ancianos.
El ambiente de un hospital reduce las aptitudes profesionales y sociales adquiridas antes del internamiento. Los pacientes no reciben respuesta alguna por el cuidado de su persona o al expresar sus deseos, mientras que sí se ven recompensados por su condescendencia, obediencia y pasividad. Con frecuencia la atención del ambiente se orienta hacia los comportamientos anómalos (por ejemplo, el paciente que se confunde de cama o de habitación) y rara vez hacia los adecuados y normales, que tenderán así a disminuir con el tiempo. Romper este círculo vicioso requiere atención, observación y paciencia, tratando de intervenir de forma activa para obtener un efecto terapéutico útil y eficaz.
Dado que se ha demostrado que algunos síntomas de la demencia son consecuencia de una falta de estímulos, pueden inducirse cambios favorables del comportamiento aumentando las ocasiones de estímulos ambientales. Ello se consigue invitando al sujeto anciano a participar en una amplia variedad de tareas diarias, obviamente simplificadas para adaptarlas a sus posibilidades residuales, que serán de esta forma aprovechadas. Dichas actividades no sólo constituyen una fuente de estímulo, sino que a menudo modifican hacia cierta mejoría el curso de la enfermedad, dado que el paciente puede valorar directamente lo que es capaz de hacer. La tan frecuente constatación de que algunos de mentes, que de noche están confundidos o agitados, viven durante el día en habitaciones poco iluminadas, sugiere que el estado confusional puede también guardar relación con el grado de estimulación general y que por consiguiente puede verse notablemente atenuado o incluso desaparecer si se mejoran las condiciones ambientales.

La participación en la vida familiar o en la del departamento hospitalario, las posibilidades de expresar una opinión y de manifestar un deseo así como la disponibilidad a satisfacerlo son algunos elementos indicativos de la tolerancia ambiental hacia el paciente demente. Su puesta en práctica se ha revelado de utilidad a la hora de favorecer el desarrollo de comportamientos más apropiados, que rompen ese aislamiento hacia el que el anciano se ve empujado por sus deficiencias físicas y psíquicas.
En el fondo, la demencia es una enfermedad del “conocer” o, mejor dicho, del ‘reconocer” el propio mundo interior y exterior:
el tratamiento de tipo psicosocial tiene precisamente por objeto ofrecer instrumentos de conocimiento adecuados a esta patología.
 • El hospital.
Los sujetos dementes mantienen una relación adecuada y suficiente con la realidad gracias a la conservación de los esquemas habituales de referencia. Es muy frecuente, por ejemplo, que la demencia se manifieste al producirse una hospitalización. Así, si un sujeto anciano ha de ser internado en una clínica (para realización de exámenes, para tratarle una enfermedad, etc.), será preferible hacerlo en una clínica de día, pues de esta forma la vuelta a casa por la tarde y la presencia continua de un familiar podrán evitar la dramática disgregación de la vida mental y psicológica del anciano. En cualquier caso, si se desea ayudar al anciano estimulándolo con comportamientos que despierten su capacidad de aprendizaje, el internamiento en un hospital o clínica deberá relegarse a casos de auténtica necesidad.
 • La familia.
El paciente demente anciano debería, por tanto, permanecer el mayor tiempo posible en el ambiente familiar. La familia desempeña un papel central y determinante en el mantenimiento de las funciones cerebrales residuales, sobre las cuales se puede hacer hincapié para obtener comportamientos más adecuados. Ello puede sin duda provocar en aquellas personas que conviven con el anciano un estado de estrés, ligado también muy a menudo a la angustia de no saber cómo organizar una asistencia adecuada. Con frecuencia, en efecto, el malestar que sufre la persona que debe asistir y cuidar a un enfermo de este tipo se atenúa cuando sabe qué hacer y cómo hacerlo.
El proyecto de realizar una terapia familiar comprende, por tanto, dos aspectos fundamentales: la información y la ayuda psicológica, aparte de material. La familia debe estar informada sobre la naturaleza de la enfermedad, sobre las posibilidades afectivas del paciente, sobre la necesidad de que éste participe en todas las actividades cotidianas y sobre los eventuales cambios que deberá sufrir el ambiente familiar para facilitar los procesos de adaptación del paciente. El establecimiento de esta relación con la familia, basada también en la disponibilidad a escucharla, en la capacidad de absorber las posibles formas de intolerancia y de compartir malestares y estados de ánimo, ha demostrado su utilidad terapéutica, permitiendo al paciente anciano afectado de demencia mantener el mayor tiempo posible comportamientos acordes con las exigencias familiares.
En los casos en los que la familia, por razones laborales, no pueda vigilar a la abuela o al abuelo durante todo el día, puede reclamar la ayuda de un asistente social.
Posiblemente ésta no sea la mejor solución, pero será siempre mejor que la alternativa del “aparcamiento vitalicio” que ofrecen los asilos.
 

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