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EL PROBLEMA DE LA ROPA EN EL ANCIANO

EL PROBLEMA DE LA ROPA

EN EL ANCIANO el tipo y el modelo de las prendas de vestir tienen notable importancia a la hora de reducir el estado de dependencia. Con ropa adecuada a su capacidad funcional el anciano puede ocuparse él mismo sin excesiva dificultad de vestirse y de desvestirse, no teniendo así que recurrir a la persona encargada de su asistencia.

Hay tipos de ropa que no son adecuados para las minusvalías físicas, ni siquiera para las transitorias (pérdida de movilidad de las extremidades por secuelas parésicas, anquilosis articulares, inestabilidad del equilibrio, estados de edema, reducida capacidad visual, etc.), constituyendo a veces un verdadero obstáculo insuperable para el desarrollo de una funcionalidad normal. Y si no es eliminado, dicho obstáculo puede producir el rechazo por parte del paciente de cualquier intención autónoma, reforzando así la percepción de la condición de invalidez y dependencia.
Dado que el vestirse y el desnudarse son operaciones que requieren siempre cierta atención y que en ocasiones pueden resultar difíciles para una persona no autosuficiente, deben ser estimuladas de forma continua y sistemática. En efecto, estas operaciones constituyen eslabones muy importantes en el camino hacia la autosuficiencia, pudiendo convertirse en un buen entrenamiento si se llevan a cabo de forma rutinaria.
El tiempo empleado por estas personas para vestirse o desnudarse suele ser muy largo.
En efecto, la habilidad manual necesaria puede incluso llegar a cansar física y psíquicamente al paciente, independientemente de la presencia de una minusvalía. Se aconseja por tanto que durante dichas operaciones la persona esté sentada y que si presenta dificultades para mantener el equilibrio tenga al alcance de la mano puntos de apoyo seguros. Se aconseja, además, comenzar acostumbrando al anciano a desvestirse, dado que dicha operación es más sencilla y menos cansada.
Cuando exista una incapacidad funcional de las extremidades de un solo lado por lesiones ya estabilizadas, es conveniente proponer ejercicios con los miembros sanos, para tener una mayor libertad en los movimientos sucesivos. Un bastón puede servir para apartar la ropa de la parte del cuerpo menos eficiente y para recogerla si cayera al suelo.
Para ponerse la ropa, el anciano puede recurrir a una banqueta con un mango de goma colocado en un extremo y con un gancho en el otro. La parte de goma puede utilizarse para sacar la ropa de las extremidades paralizadas, mientras que el gancho puede usarse como el bastón.
Al principio será conveniente que el anciano reciba ayuda de otra persona en estas operaciones. La seguridad será mayor si el anciano realiza estas maniobras sentado en una silla o en el borde de la cama.

La ropa debe colocarse previamente en el orden en que el anciano vaya a ponérsela.

Cuando la agudeza visual del paciente sea limitada o exista cierta confusión mental, el reconocimiento de las distintas prendas y el orden de sucesión de las mismas en el momento de vestirse pueden resultar mucho más fáciles si interviene algún familiar.
Las operaciones más difíciles y las que requieren mayor atención son generalmente la de ponerse la ropa interior, los pantalones, los calcetines y los zapatos.
Por cuanto respecta a los pantalones, por ejemplo, es conveniente que el interesado se siente en el borde de la cama y se ayude con el tirante elástico, apoyándose en un mueble (son siempre preferibles los tirantes con clips metálicos a los que requieren el uso de botones).
El paciente realizará las mismas operaciones para ponerse el pijama y la ropa interior, que preferiblemente tendrán un elástico.
Estas indicaciones, aparentemente inútiles, ayudan a comprender que dicha función puede resultar mucho más fácil si se eligen correctamente el modelo de prenda y la forma de ponérsela.
En este sentido son siempre preferibles las prendas de línea suelta, cerradas por delante, debiendo evitarse el uso de botones y de ganchos, que pueden plantear dificultades insalvables cuando el anciano no puede utilizar las dos manos al mismo tiempo. La persona que tenga dificultad para mover las extremidades superiores, y sobre todo los dedos, encontrará más idóneas las prendas abiertas que permiten introducir directamente los brazos en las mangas, sin tener que meterse los vestidos por la cabeza. Para las mujeres, tanto los botones como las cremalleras pueden ser sustituidos por el ‘velcro” (tejido que por adherencia se pega a otro tejido de tipo esponjoso). La separación se obtiene realizando una ligera tracción longitudinalmente.
En las mujeres con trastornos vesicales se aconsejan las faldas abiertas por detrás, que pueden retirarse fácilmente cuando surja la necesidad de sentarse en el inodoro y que vuelven a su colocación normal al ponerse la paciente de pie.
Algunas prendas de lencería pueden resultar muy cómodas y útiles si se tienen en cuenta ciertas medidas. Por ejemplo, deben evitarse las camisas de cuello con botones, ya que la operación de abrochado del primer botón, situado justo por debajo del cuello, puede convertirse en una auténtica hazaña con pocas posibilidades de éxito.
En este caso es conveniente sustituir el botón por corchetes o ganchitos amplios. Es aconsejable, asimismo, que los puños de las camisas lleven automáticos o un botón con un ojal amplio o que los bordes de los puños vayan unidos por un elástico, para poder meter así la mano sin necesidad de abrir el puño.
Se aconseja aplicar por dentro de los puños una lazada elástica para introducir en ella el pulgar al ponerse el paciente la chaqueta, con objeto de mantener la manga de la camisa en el punto adecuado.
Es conveniente que toda abertura sea anterior y con cierre de cremallera o de velcro. Esta última medida resulta de enorme utilidad para abrocharse o desabrocharse los pantalones, operación que puede condicionar la aparición de fenómenos de incontinencia urinaria en el hombre. En efecto, cuando el anciano presenta ciertas deformidades de la mano acaba orinándose antes de conseguir desabrocharse los pantalones. También en este caso el uso del velcro puede estar especialmente indicado.
Por cuanto respecta a las faldas, son preferibles las de tipo escocés, porque pueden abrirse totalmente por delante. Se aconseja la colocación de una cinturilla elástica. Aunque esta prenda es de fácil colocación, es conveniente que cuando la anciana vaya a ponérsela tenga a mano un apoyo lateral.
En lo referente a medias y calcetines, se recomienda evitar el uso de patucos en la cama, pues pueden ocasionar caídas por resbalones al intentar el anciano ponerse de pie. Es conveniente que las medias de uso durante el día tengan elástico. Puede suceder que, después de haberse vestido, el anciano decida volver a la cama. Si dicha decisión no responde a una sensación de malestar físico, debe impedirse.
Es conveniente que el anciano no autosuficiente permanezca levantado y que se le estimule para que realice alguna actividad, tratando de distraerle. No obstante, si el paciente insiste o bien si no se trata de una actitud recurrente, ante la duda de que existan motivos reales no evidentes es aconsejable ha cerle caso.
La elección personalizada del vestuario más adecuado es conveniente tanto si se trata de la ropa para un anciano relativamente auto suficiente como, y sobre todo, si existen causas de invalidez.
Como regla general, hay que evitar que fuera de la cama el paciente permanezca con la ropa de dormir, incluso si se trata de un paciente totalmente inválido. Se aconseja que esté siempre vestido de forma habitual, para estimular la idea de una vida normal. Es necesario eliminar las actitudes condicionantes para estimular la actividad diaria también a través del aspecto exterior. Por consiguiente, incluso cuando las operaciones para vestirse y desvestirse resulten cansadas y requieran mucho tiempo, hay que estimular al anciano a que las realice personalmente, como parte integrante del programa de rehabilitación.

EL CALZADO


El calzado constituye una pieza del vestuario que por su función posee una importancia primordial. El modelo y la forma pueden, en efecto, condicionar de forma determinante la deambulación. Por consiguiente ha de elegirse evitando los tan frecuentes prejuicios y teniendo en cuenta algunos requisitos.
Los mejores zapatos son los que ofrecen seguridad en la estación erguida y al andar, no producen molestias incluso si se usan de forma continuada durante mucho tiempo y son de fácil uso.
Independientemente de los casos en los que intervengan necesidades ortopédicas, el calzado no debe ser pesado (para evitar trastornos por cansancio y ciertas dificultades) y ha de ser de cuero blando (para eliminar sufrimíentos por alteraciones de extremidades generalmente deformadas por artrosis y predispuestas a las lesiones cutáneas), con suelas elásticas, antideslizantes (para facilitar la deambulación), de cierre fácil, preferiblemente de material elástico, y a ser posible que sujeten el tobillo, para mejorar la contención de la articulación.
Se aconseja el uso de calzado desde por la mañana al levantarse, para evitar que el pie se acostumbre a las pantuflas o zapatillas, que inducen posiciones viciadas y esquemas incorrectos de deambulación y suponen un grave obstáculo a la recuperación motora, así como riesgo de caídas. Las zapatillas tipo chinela, abiertas por detrás, no son en absoluto aconsejables, ya que obligan al paciente a arrastrar los pies en lugar de levantarlos y porque no pocas veces se convierten, al salirse el pie, en motivo de caídas y de pérdida del equilibrio.
El uso sistemático y continuo de pantuflas, aparte de establecer actitudes incorrectas para la rehabilitación, puede también provocar alteraciones anatómicas: deformaciones del pie por la pérdida de la fisiológica arcada plantar, con desviaciones del pulgar. Y llegado el momento de ponerse un zapato estas deformaciones pueden plantear graves problemas.
Las zapatillas están permitidas sólo en ciertos momentos del día, durante poco tiempo o bien cuando los zapatos, por distintos motivos, sean totalmente inaplicables. En estos casos es conveniente que la zapatilla sea cerrada, alta, que abrace el tobillo, que quede firmemente unida al pie y que sea relativamente rígida.
La posibilidad de aparición en el anciano de una patología de los pies especial y característica ha de ser razón suficiente para la aplicación de un tratamiento preventivo y para la actuación del podólogo.
Los zapatos tipo mocasín son muy adecuados, ya que resultan fáciles de poner. Los tacones, en las mujeres que no puedan renunciar a ellos por una costumbre adquirida durante toda la vida, no deben ser demasiado altos ni demasiado estrechos. sino anchos, para aumentar la adherencia al suelo y la estabilidad.
Dado que la persona anciana se queja con frecuencia de sensación de frío en las extremidades inferiores (a veces por largos periodos de inmovilidad), puede estar indicado en algunas épocas del año el uso de zapatos forrados con piel.
A veces el anciano manifiesta dificultades para ponerse los zapatos. Un calzador puede resolver el problema, facilitando también dicha operación al sujeto que no puede agacharse y que por lo tanto no puede ayudarse directamente con la mano.

Algunas sugerencias

• Las mangas de las prendas de vestir deben ser amplias, para que resulte fácil meterlas y sacarlas;
• la sisa debe también ser amplia, para facilitar los movimientos y no constituir un obstáculo. El modelo ideal es el de manga ranglán;
• las aberturas deben ser anteriores y bajas. Deben evitarse las posteriores, porque se alcanzan con dificultad y porque es más fácil que se abran;
• evitar cierres que, por anquilosis de los dedos y escasa habilidad funcional, puedan ser inservibles o perderse;
• los camisones deben tener una longitud no excesiva, para no dificultar la deambulación;
• el patrón de la prenda debe ser amplio;
• los puños de las mangas deben ser amplios y abiertos, o bien cerrados mediante elásticos no excesivamente justos;
• los cuellos deben ser preferiblemente redondos o en pico, para evitar enganchones;
• reducir en lo posible el número de botones o sustituirlos, siempre que sea posible, por elásticos;
• el tipo, el derecho y el revés de cada prenda de vestir deben resultar fácilmente reconocibles por el color de las correspondientes etiquetas.

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