Fiebre, pirexia, temperatura corporal

FIEBRE

Cuando la fiebre es demasiado alta y se registra un empeoramiento de las condiciones del paciente se hace necesaria una actuación de urgencia.

LA FIEBRE es un aumento de la temperatura corporal por encima de los 37 °C.
Para medir la temperatura corporal se usan termómetros clínicos, constituidos por un bulbo que contiene mercurio que se continúa en un tubo capilar graduado.
En España se usan termómetros graduados en grados centígrados (escala Celsius, en la que 0o corresponden a la temperatura de fusión del hielo y 100° a la temperatura de ebullición del agua). En los países anglosajones los termómetros están graduados en grados Fahrenheit (0o y 100° centígrados corresponden a 32 y 212 grados Fahrenheit respectivamente).

Los termómetros clínicos suelen estar graduados de 35 a 42 °C: cada grado está a su vez subdividido en décimas de grado.
La temperatura del cuerpo puede medirse aplicando el termómetro sobre la piel o en contacto con una mucosa (oral, rectal, vaginal). En el primer caso el termómetro debe colocarse en la cavidad axilar o inguinal. Una vez que se alcanza la temperatura del cuerpo la columna de mercurio permanece inmóvil. Para usar nuevamente el termómetro es necesario hacer que la columna vuelva a bajar completamente, para lo cual hay que tomar entre los dedos el termómetro por el extremo superior y describir con el brazo un cuarto de círculo con movimientos rápidos: de esta forma, por la fuerza centrífuga, el mercurio se recoge en el depósito.

Cuando la columna de mercurio aparece interrumpida por la interposición de aire, el termómetro, a menos que el mercurio vuelva a su lugar después de alguna sacudida, es ya inservible. La temperatura normal del cuerpo es de unos 37 °C, con pequeñas variaciones dependiendo de dónde se mida. La temperatura rectal es de 37 °C, la axilar algo inferior (36,3°-36,8°); la inguinal y la oral son intermedias entre una y otra.

A lo largo del día se registran normalmente pequeñas oscilaciones térmicas: la temperatura máxima se alcanza en torno a las 17 horas y la mínima alrededor de las 3. Las comidas y el ejercicio físico pueden tener una ligera influencia sobre la temperatura.
En la mujer la temperatura es unas 5 décimas más baja en la primera mitad del ciclo menstrual (fase preovulatoria) con respecto a la segunda (fase luteínica). La fiebre puede aparecer en el curso de enfermedades infecciosas, que son la causa más común de estados febriles, pero también de enfermedades neoplásicas, de ciertas enfermedades vasculares como el infarto o la trombosis cerebral, de enfermedades inmunológicas, como la fiebre por medicamentos (que debe tenerse siempre en cuenta en caso de fiebre inexplicable en una persona aparentemente en buen estado de salud que tome con regularidad algún fármaco, como por ejemplo antineurálgicos, anticonceptivos, etc.), de enfermedades metabólicas como la gota o de enfermedades endocrinas como el hipertiroidismo.
En presencia de enfermedades febriles es importante tomar la temperatura del paciente varias veces al día (por lo menos tres), dado que la evolución de la curva térmica puede a menudo ayudar a establecer el diagnóstico de la enfermedad que ha provocado la subida térmica.

LA FIEBRE es un aumento de la temperatura corporal por encima de los 37 °C. Para medir la temperatura corporal se usan termómetros clínicos, constituidos por un bulbo que contiene mercurio que se continúa en un tubo capilar graduado. En España se usan termómetros graduados en grados centígrados (escala Celsius, en la que 0o corresponden a la temperatura de fusión del hielo y 100° a la temperatura de ebullición del agua).
En los países anglosajones los termómetros están graduados en grados Fahrenheit (0o y 100° centígrados corresponden a 32 y 212 grados Fahrenheit respectivamente). Los termómetros clínicos suelen estar graduados de 35 a 42 °C: cada grado está a su vez subdividido en décimas de grado.
La temperatura del cuerpo puede medirse aplicando el termómetro sobre la piel o en contacto con una mucosa (oral, rectal, vaginal). En el primer caso el termómetro debe colocarse en la cavidad axilar o inguinal. Una vez que se alcanza la temperatura del cuerpo la columna de mercurio permanece inmóvil. Para usar nuevamente el termómetro es necesario hacer que la columna vuelva a bajar completamente, para lo cual hay que tomar entre los dedos el termómetro por el extremo superior y describir con el brazo un cuarto de círculo con movimientos rápidos: de esta forma, por la fuerza centrífuga, el mercurio se recoge en el depósito. Cuando la columna de mercurio aparece interrumpida por la interposición de aire, el termómetro, a menos que el mercurio vuelva a su lugar después de alguna sacudida, es ya inservible. La temperatura normal del cuerpo es de unos 37 °C, con pequeñas variaciones dependiendo de dónde se mida. La temperatura rectal es de 37 °C, la axilar algo inferior (36,3°-36,8°); la inguinal y la oral son intermedias entre una y otra.

A lo largo del día se registran normalmente pequeñas oscilaciones térmicas: la temperatura máxima se alcanza en torno a las 17 horas y la mínima alrededor de las 3. Las comidas y el ejercicio físico pueden tener una ligera influencia sobre la temperatura. En la mujer la temperatura es unas 5 décimas más baja en la primera mitad del ciclo menstrual (fase preovulatoria) con respecto a la segunda (fase luteínica).

La fiebre puede aparecer en el curso de enfermedades infecciosas, que son la causa más común de estados febriles, pero también de enfermedades neoplásicas, de ciertas enfermedades vasculares como el infarto o la trombosis cerebral, de enfermedades inmunológicas, como la fiebre por medicamentos (que debe tenerse siempre en cuenta en caso de fiebre inexplicable en una persona aparentemente en buen estado de salud que tome con regularidad algún fármaco, como por ejemplo antineurálgicos, anticonceptivos, etc.), de enfermedades metabólicas como la gota o de enfermedades endocrinas como el hipertiroidismo.
En presencia de enfermedades febriles es importante tomar la temperatura del paciente varias veces al día (por lo menos tres), dado que la evolución de la curva térmica puede a menudo ayudar a establecer el diagnóstico de la enfermedad que ha provocado la subida térmica.

SÍNTOMAS

• Síntomas generales.

La percepción de la fiebre varía enormemente de un individuo a otro. Existen además fiebres típicamente bien toleradas (por ejemplo la de la tuberculosis) y otras que provocan un profundo malestar. Durante la fiebre, sobre todo si es alta, son corrientes los dolores musculares y articulares, el dolor de espalda y de cabeza.

• Escalofríos.

Los escalofríos son una sensación de frío intenso acompañado de temblores. Un comienzo brusco de la fiebre, acompañado de escalofríos, es característico de ciertas enfermedades, mientras que es raro en otras. La existencia de escalofríos intensos es en general signo de la entrada en la sangre de gérmenes (bacteriemia), aunque puede observarse en otras enfermedades, como por ejemplo en los linfomas (tumores de las glándulas linfáticas). Por otro lado, es importante saber reconocer los escalofríos verdaderos, caracterizados por temblor y castañeteo de dientes, de la sensación de frío anterior a la aparición de cualquier tipo de fiebre, especialmente de la fiebre debida a infección vírica.
Los escalofríos pueden también deberse a la administración de una aspirina o de otros antipiréticos. Estos fármacos determinan en efecto una brusca disminución de la temperatura corporal, seguida de contracciones compensatorias involuntarias de los músculos, es decir, de temblores.

Herpes labial.

La llamada “calentura” es una vejiga o un grupo de vejigas, sobre la piel enrojecida, que aparecen en los labios (generalmente el superior) en el curso de ciertas enfermedades febriles, y en particular de la neumonía, el paludismo y la meningitis. Se trata de la activación de un virus (Herpes simplex) debido a la elevada temperatura. Por oscuras razones, sin embargo, el herpes es común en las enfermedades citadas, mientras que es raro en otras enfermedades, como el tifus o la brucelosis.

Delirio.

Una temperatura elevada puede determinar, sobre todo en las personas ancianas, un estado delirante.

Convulsiones.

Las convulsiones febriles son frecuentes en los niños y en general no tienen un verdadero significado patológico. La fiebre puede desencadenar verdaderos ataques epilépticos en personas afectadas por esta enfermedad.

CÓMO TRATAR LA FIEBRE

El paciente febril,’ ya sea un niño o un adulto, debe estar en un ambiente a una temperatura agradable, pero no sobrecalentado, y vestir un pijama ligero.
No existe razón alguna para tapar al sujeto con fiebre con un número exagerado de mantas: en general se dice que es bueno hacer sudar a quien tiene fiebre. Esta convicción no sólo es errónea, sino que resulta perjudicial, ya que al tapar excesivamente al sujeto se impide la disipación del calor del cuerpo, con el riesgo de alcanzar temperaturas muy elevadas. Además, la sudoración excesiva provoca una ulterior pérdida de líquidos y de sales en pacientes que ya están deshidratados.

En general, la fiebre ocasiona, por sí sola, poco sufrimiento y un malestar fácilmente soportable, por lo que pocas veces son realmente necesarios los fármacos antipiréticos, que muchas veces lo único que hacen es enmascarar el efecto de un fármaco específico (por ejemplo, un antibiótico administrado en el curso de una enfermedad bacteriana) y confundir el curso o la evolución de la enfermedad. En las afecciones gripales comunes, donde la observación de la curva térmica no reviste especial interés, pueden tomarse sin problemas antipiréticos, que servirán para reducir la molesta congestión de las mucosas que acompaña a esta enfermedad.

Existen, por otro lado, situaciones en las que la reducción de la temperatura resulta de importancia vital; algunos ejemplos son el golpe de calor, las convulsiones y el delirio febril. Una forma eficaz de reducir la temperatura consiste en la aplicación de paños de agua fría y de una bolsa de hielo en la frente. Otra medida de utilidad en caso de temperatura muy alta es la inmersión del paciente en un baño de agua templada durante 10- 15 minutos. No sirve en cambio para nada aplicar compresas de alcohol, como a veces se aconseja, y además el olor acre puede provocar náuseas en el enfermo. Si, por último, la temperatura alcanza valores amenazantes (por encima de los 42 °C), la vida del enfermo corre grave peligro y la única forma de salvarla consiste en sumergir al paciente en un baño de agua helada hasta que la temperatura rectal alcance los 38 °C.

Cuando la temperatura rectal sea ya inferior a los 38 °C el enfermo deberá permanecer en una habitación fresca y bien aireada. El masaje de la piel acelera la disipación del calor y favorece la circulación de la sangre.
Durante la fase de defervescencia se registra en general una intensa sudoración y se pierden por tanto grandes cantidades de líquidos y sales, por lo que hay que animar al paciente a beber en abundancia. La dieta debe ser rica en proteínas y vitaminas y las comidas deben ser frugales y frecuentes.

Cómo comportarse cuando una persona tiene fiebre

• Cuando una persona tiene una temperatura corporal superior a los 37 °C decimos que tiene fiebre. La fiebre, en sí misma, no es una enfermedad, sino el signo de distintas enfermedades. No obstante, cuando la fiebre alcanza valores muy elevados puede ser en sí misma peligrosa, sobre todo en un niño.
• Cuando una persona tiene fiebre, debe ser totalmente desvestida hasta que la fiebre haya remitido o al menos disminuido. El aire fresco no perjudica en modo alguno a una persona con fiebre (ya sea adulto o niño), sino que, por el contrario, contribuye a que baje la temperatura. Envolver a un niño con fiebre en jerseys y mantas puede ser peligroso.

• Tomar aspirina para reducir la temperatura sólo si la fiebre es especialmente molesta y, de cualquier forma, sólo una vez que se conozca ya la causa de la temperatura elevada.

• Una persona con fiebre pierde una gran cantidad de líquidos con el sudor. Es importante restablecer los líquidos corporales con ingestión abundante de agua, té y zumos de frutas.

Parámetros clínicos usados en el diagnóstico de la fiebre

* La cenestesia
La alteración de la cenestesia (esto es, del estado general) no siempre es proporcional al grado de fiebre; la fiebre ondulante de la brucelosis, que puede alcanzar los 39 °C, es a menudo mejor soportada que una fiebre de unos 38 °C de origen vírico.
* La modalidad de aparición
Es muy importante para un buen diagnóstico. Así, por ejemplo, la fiebre debida a un proceso broncopulmonar es de presentación lenta y alcanza progresivamente valores altos, mientras que la fiebre de la sepsis se caracteriza casi siempre por su aparición brusca cuando el sujeto se encuentra perfectamente bien, con un intenso temblor, seguido de importante aumento de la temperatura corporal. La fiebre continua es expresión de un proceso infeccioso persistente, mientras que la intermitente puede ser la respuesta a brotes bacteriémicos que se suceden en el tiempo. La fiebre ondulante puede llevar a sospechar de una brucelosis o de un linfoma de Hodgkin.
# La defervescencia
Puede producirse gradualmente o bruscamente: en este último caso se halla a menudo seguida de sudoración profusa. El curso clínico de un foco inflamatorio infeccioso es compatible con una defervescencia gradual, mientras que se produce una desaparición brusca de fiebre cuando la causa desaparece rápidamente.
• Las poliartromialgias (dolores difusos en las extremidades) Acompañan a menudo a la aparición y al curso de la fiebre. Se asocian con frecuencia a procesos víricos.
• La cefalea
Aparece casi en la totalidad de los procesos febriles, pero sólo en casos de localización meningoencefálica se convierte en un síntoma preeminente.

«• La sudoración
Puede acompañar a la defervescencia de un proceso séptico, aunque en otros casos se asocia al curso clínico del proceso morboso. Otras veces la sudoración se produce sobre todo durante las horas nocturnas: ejemplos de sudoración nocturna son el linfoma de Hodgkin y los procesos tuberculosos pulmonares.

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