LAS DIETAS PARA ADELGAZAR

CONSEJOS QUE NO DEBEN OLVIDARSE

EL PESO CORPORAL es siempre el resultado de la cantidad de calorías introducidas con los alimentos y de las consumidas mediante la actividad física

Cuando estos elementos no se encuentran en equilibrio se registra un aumento ponderal que supone graves riesgos para la salud.

El tratamiento dietético constituye la actuación terapéutica fundamental en la obesidad.

Se basa en un doble concepto:

cuantitativo, relativo a la necesidad y al deseo de comer, es decir al hambre y al apetito. El obeso en tratamiento puede y debe comer a voluntad para calmar su hambre y satisfacer el apetito;

cualitativo, relativo a la elección de los alimentos, lo cual completa el concepto anterior: comer hasta la saciedad, pero no alimentándose con cualquier cosa.

Estos conceptos fundamentales requieren un conocimiento exacto del valor calórico de los alimentos y, sobre todo, del origen de estas calorías.
Las calorías procedentes de los glúcidos (azúcares), de los lípidos y del alcohol no tienen nada que ver con las calorías procedentes de las proteínas o de las fibras.
Es evidente que cien calorías procedentes del pan, cien calorías del aceite, cien calorías de la carne y cien calorías de la ensalada no tienen el mismo destino en el organismo ni se comportan del mismo modo que los depósitos grasos.
El aporte excesivo de azúcares, de farináceos, de sustancias grasas y de alcohol se transforma en triglicérido.
Por el contrario, las proteínas (elementos esenciales de la carne, el pescado y las aves, así como de los huevos, la leche y el queso) no sirven como combustible más que de forma accesoria.

Tampoco sufre ninguna transformación la celulosa, componente esencial de las legumbres verdes. Es indispensable, pero no sirve más que para aportar volumen a la masa fecal y para favorecer la eliminación de los desechos dentro del funcionamiento intestinal.

Se puede así delinear el perfil general del régimen indicado en la obesidad común:
consumo abundante de proteínas y de fibras alimentarías;
supresión del alcohol;
fuerte reducción de los glúcidos y de los lípidos, aunque sin llegar a la supresión total de estos últimos.

LAS DIETAS PARA ADELGAZAR

NO EXISTE una dieta general para el tratamiento de la obesidad, sino una dieta para cada caso de sobrepeso corporal, que tenga en cuenta el tipo constitucional y la actividad desarrollada. Para obtener resultados duraderos es necesario eliminar vicios alimentarios y motivaciones de naturaleza psicológica.

HIGIENE ALIMENTARIA

Trataremos aquí cierto número de factores que, aun pareciendo elementales, no carecen de importancia, ya que desempeñan un papel favorable en la reducción del peso y sobre todo en la prevención de la recaída.

La regularidad en el horario de las comidas y el número de comidas.

El mayor error que puede cometerse en un régimen adelgazante es dejar que el sujeto pueda tener hambre, pues en tal caso se vería obligado a abandonar el régimen. Adelgazar requiere sin duda una serie de restricciones, aunque sólo en la elección de los alimentos, no en la cantidad global y en el número de comidas.

Merece la pena insistir en este punto, para que el obeso, con objeto de adelgazar, no se “salte” ninguna comida y para que fraccione su ración diaria en 5 comidas: desayuno, comida y cena, más un tentempié a media mañana y una merienda a media tarde.

Ciertamente los hábitos socioeconómicos no facilitan este fraccionamiento, aunque no es necesario que las dos comidas suplementarias sean abundantes: un vaso de leche descremada, un huevo duro, un pedazo de pollo frío o un pedacito de queso magro se absorben en general muy fácilmente, sean cuales sean las condiciones profesionales, y permiten además aguantar sin hambre hasta la comida siguiente. De hecho, la mejor forma de no tener hambre es comer, y sobre todo comer antes de tener hambre.

El comer es así, paradójicamente, el mejor anorexígeno.
Por consiguiente es absolutamente contraproducente saltarse una o varias comidas y, sobre todo, pasar por alto el desayuno.

Comer lentamente masticando correctamente.
Aparte de los fenómenos dispépticos causados por comer deprisa. el hecho de engullir sin masticar lo suficiente grandes porciones de alimentos sacia el hambre mucho más despacio que cuando dicho proceso lleva cierto tiempo. Además, el comer deprisa significa acabar antes que los demás, lo cual supone que puedan producirse intentos de servirse una segunda vez, o de comer pan, o de llenar varias veces el vaso.

Procurar no beber durante las comidas
Aunque algunos expertos en dietética aconsejen beber durante las comidas para aumentar el volumen del contenido gástrico, se aconseja una escasa ingestión de líquidos antes y durante las comidas.

De hecho, al margen de la obesidad, beber durante las comidas es una mala costumbre alimentaria que supone la dilución de las secreciones, disminuyendo su capacidad de ataque sobre los alimentos, y la necesidad por parte de las glándulas gástricas de intensificar su actividad, lo cual, a la larga, altera su funcionamiento.

Controlar que la dieta seguida no sea más severa que la prescrita.
La dieta se establece a medida del paciente y en función de sus necesidades básicas, teniendo en cuenta el peso que ha de perder. Si es más estricta de lo necesario no produce un adelgazamiento más rápido, sino que aumenta el riesgo de tener hambre y de estar cansado,

Comprender que no hay lugar para “pequeñas” transgresiones de la dieta.

La “comida en familia del domingo” hace que se pierda lo ganado durante la semana. Las pequeñas cantidades de alimentos prohibidos se van sumando y hacen que los esfuerzos realizados resulten a la larga inútiles.

LA DIETA DEBE SER PERSONALIZADA

No hay obesidades, sólo hay obesos.
No hay dietas para tratar la obesidad, sólo existe la dieta de cada obeso. La dieta debe personalizarse en función de varios factores:

El tipo constitucional.
Condiciona obligatoriamente la prescripción dietética inicial. No se puede prescribir un mismo régimen estándar a dos sujetos de constitución muy distinta.

La profesión, de la que se deriva el concepto de actividad física.
El régimen prescrito a una empleada de oficina no será el mismo que el de una camarera muy activa. Ya hemos visto cómo puede valorarse el gasto calórico diario medio. Esta valoración será naturalmente aproximada, aunque sin duda alguna de gran utilidad.

El peso inicial.
Los dietistas no se ponen de acuerdo en lo referente a esta cuestión. Algunos prefieren prescribir una dieta muy drástica y posteriormente ampliarla. Otros prefieren instaurar al principio del tratamiento una dieta relativamente suave, para recrudecería luego en función de la pérdida de peso.

En realidad lo que se produce es una adaptación al régimen dietético por parte del organismo, que tiende a un adelgazamiento más lento debido a la disminución del gasto energético. Este fenómeno no es por otro lado característico del obeso. Dado que una misma dieta da lugar a pérdidas de peso cada vez menores, parece razonable prescribir raciones progresivamente más restrictivas.

En la práctica, podemos distinguir cuatro tipos de pacientes (hombres y mujeres):

los que deben perder de 1 a 10 kilos;
los que tienen entre 10 y 20 kilos de más;
los que tienen que perder de 21 a 30 kilos;
los que deben perder más de 30 kilos.

La dieta será inicialmente más liberal para aquellas personas que deben perder más de 40 kg. Cuando hayan perdido ya una docena de kilos, podrán incluirse en el grupo de los sujetos que tienen 20-30 kilos de sobrepeso y por consiguiente se les podrá imponer una dieta algo más restrictiva. La restricción será aun más marcada cuando el paciente haya alcanzado las categorías de + 10/ + 20 kg., para terminar con una ración muy restrictiva en la última etapa, la de los 10 kg. de más.

Es importante que el paciente tenga conocimiento, desde el comienzo del tratamiento, de este programa de restricciones progresivamente más marcadas, ya que la experiencia demuestra que el obeso, una vez perdidos los primeros kilos, tiende a reducir sus esfuerzos y a ampliar su dieta, al contrario de cuanto debería hacer.

La velocidad de adelgazamiento.
Es absolutamente imposible prever la velocidad de adelgazamiento.En general, cuando el sujeto no presenta resistencia alguna, psicológica o biológica, al adelgazamiento, la pérdida de peso registrada en el conjunto del tratamiento es de 800-1.200 g a la semana.No obstante, la pérdida de peso puede presentar una. evolución muy variable:

es muy rápida, ligada a fenómenos de pérdida de agua, cuando el sujeto ha cambiado sus hábitos alimentarios y especialmente su aporte de sal. En este caso es mejor ampliar la ración para que el sujeto viva su curación y no llegue a considerar que es demasiado fácil perder peso, lo cual le otorgaría, en caso de recaída, una falsa sensación de seguridad;

es demasiado lenta, sobre todo en los sujetos que han vivido ya una o varias experiencias de adelgazamiento acompañadas de medicamentos, especialmente diuréticos;

avanza gradualmente; sin que se sepa bien por qué, se puede registrar una pérdida de peso de 1 a 2 kg. en 24 36 dias, un estancamiento de 8-10 días y luego una nueva perdida brusca.

En todos estos casos, es necesario que las irregularidades de la curva descendiente no se conviertan en un pretexto para optar por una interrupción prematura de la dieta.

La supresión de un solo alimento.
Dado que a menudo, sobre todo en la categoría de los hiperfágicos (grandes comilones), el exceso de peso se debe al consumo excesivo de un solo alimento mientras que por lo demás la ración es equilibrada, no es conveniente prescribir una restricción calorica global: la disminución del alimento responsable es suficiente. Así, por ejemplo, es frecuente constatar sobrepesos ligados únicamente a un exceso de pan, de alcohol, de fiambre o de bebidas azucaradas (en los niños).

Corrección de la distribución cualitativa de los alimentos, sin restricción calórica global.
Los requerimientos dietéticos revelan, en los sujetos que comen poco o lo normal, raciones muy mal repartidas cualitativamente.
Por ejemplo: 2.000 calorías al día no representan un total excesivo; el mantenimiento del exceso de peso se debe en estos casos a un aporte compuesto por un 50 % de lípidos en lugar de un 30 %, por un 40 % de glúcidos en lugar de un 55 % y por un 10 % de proteínas en lugar de un 15 %. Para obtener un adelgazamiento correcto basta así con disminuir las grasas en un 20 % y con aumentar un poco las proteínas.

La asociación con otros regímenes debido a afecciones concomitantes.
Cuando la obesidad se acompaña de otra afección (nefropatía, colopatía, gota, etc.) es necesario, obviamente, sumar a la restricción la supresión de los alimentos que podrían empeorar los trastornos de la afección asociada a la obesidad.
De aquí la necesidad de realizar una valoración clínica, biológica y dietética muy exacta, que tenga en cuenta las necesidades dietéticas en cada afección.

La sal.
A través de un mecanismo poco conocido, la disminución del aporte de sodio supone una disminución del apetito y en consecuencia la posibilidad para el obeso de comer menos. Por consiguiente, resulta de utilidad recurrir a una alimentación pobre en sal, sin llegar no obstante a recomendar una alimentación excesivamente insípida.

Por otro lado, con este tipo de dieta la más pequeña variación alimentaria en el sentido de un incremento de la cantidad de sal ingerida supone un aumento brutal de peso, ligado a la mayor cantidad de agua retenida en los tejidos. Este fenómeno puede ser psicológicamente mal tolerado y ser asimismo responsable de un abandono prematuro del tratamiento

Precauciones con las dietas para adelgazar

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