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CUANDO EL PACIENTE ES UN NIÑO

el niņo en el hospital

EL CONTACTO con la enfermedad, con el médico y con la estructura hospitalaria es para el niño y para sus padres una dolorosa realidad, cuyas consecuencias emocionales persisten incluso después de la curación clínica; la ayuda psicológica resulta por ello no menos útil que la actuación médica o quirúrgica en sí misma.

ENFERMEDAD

Desgraciadamente también los niños pueden caer enfermos: menos mal que, la mayoría de las veces, se trata de afecciones benignas que se resuelven sin graves molestias yen poco tiempo. Algunas veces, sin embargo, la realidad es más seria. El juego de los médicos, al que todos hemos jugado alguna vez de pequeños, nos da una idea de la imagen del médico que tiene el niño: un curioso personaje, autoritario y poderoso, con ese maletín misterioso del que nada bueno se puede esperar, sobre todo cuando prescribe dolorosas inyecciones.

Si la sola visita al médico despierta ya cierta preocupación, la situación se torna más delicada e inquietante cuando la enfermedad impone el internamiento en un hospital, donde la sensación de peligro se convierte enseguida en intensa angustia. Inmediatamente el niño retrocede, requiere más atención y protección, y desea contar con la presencia continua de la madre para que le tranquilice ante una realidad que se le presenta hostil y amenazadora.

En efecto, el niño posee una capacidad de comprensión proporcional al grado de madurez alcanzado y por ello tiende a trasladar cualquier acontecimiento a su mundo interior y fantástico. Por ello es fácil que el niño viva el sufrimiento ligado a la enfermedad como un castigo o un sentimiento de culpa por algún oscuro deseo inconsciente, del mismo modo que la percepción de su cuerpo como algo vulnerable y defectuoso le produce una angustia de precariedad y de impotencia.

La reacción del niño será distinta en función de la sensibilidad individual, influida naturalmente por la gravedad de la enfermedad, por su curso y por la naturaleza más o menos invasiva del tratamiento requerido.

Algunos niños reaccionarán así en sentido depresivo y se mostrarán sometidos, pasivos e inhibidos. En otros prevalecerá en cambio la respuesta ansiosa, con comportamientos de oposición, crisis de rabia y rechazo de las limitaciones. Otros se mostrarán en cambio colaboradores y activos.

Sea cual sea el mecanismo de defensa que el niño ponga en marcha, su equilibrio psíquico se verá durante mucho tiempo condicionado por esta experiencia si no se le prepara adecuadamente y si no se le ofrece apoyo psicológico.

INTERVENCIÓN QUIRÚRGICA

La intervención quirúrgica representa siempre, sea cual sea la edad de la persona que se debe someter a ella, un momento de mucho miedo y preocupación.

Someterse a una operación significa entrar en un hospital, lo cual, por muy confortable y eficiente que éste pueda ser, no es nunca como estar en casa con las personas y los objetos queridos. Las pruebas preliminares, absolutamente necesarias, son, como poco, molestas y trastornantes. La espera está siempre cargada de tensión, tanto por la incertidumbre del resultado de la operación como por la pasividad a la que el paciente se ve obligado.

La intervención quirúrgica en sí misma despierta temores, aunque afortunadamente el niño estará dormido; sin embargo, la mayoría de las veces es precisamente la anestesia la responsable de los mayores problemas emocionales. Sin duda alguna durante la anestesia no se siente dolor alguno, ni físico ni psíquico, pero se pierde el control de uno mismo, condición que genera ansiedad. En definitiva, el paciente debe poner su vida en manos de otra persona.

Es bueno que el pequeño hospitalizado tenga a su lado su juguete preferido.

Tampoco el despertar resulta fácil ya que, por muy tranquilo y muy contento que esté porque “lo peor” ya ha pasado, el paciente se encuentra aturdido, dolorido, incapaz de moverse, con sondas y tubos por todas partes, dependiendo totalmente de los demás para cualquier necesidad.

Aunque todo se haya desarrollado sin complicaciones, sólo mucho tiempo después podrá el paciente reanudar sus costumbres y volver a la vida de antes.

Así pues, para la persona adulta la intervención quirúrgica se presenta como una realidad traumatizante, cuyo significado puede en cualquier caso comprender como momento doloroso pero necesario para la recuperación de su salud, que implica sufrimiento, trastornos y molestias, pero pasajeros y soportables gracias a los medicamentos. Resulta por tanto fácil de comprender cuánto más difícil debe ser todo esto para el niño, que por las características inherentes a su edad es ya de por sí completamente dependiente e intolerante en relación a cualquier situación constrictiva, posee una percepción del tiempo y del espacio todavía no lo suficientemente integrada y carece pues de cualquier capacidad de autoconsuelo y tranquilización.

El niño poco o nada entiende de lo que sucede a su alrededor. Percibe la ansiedad y la preocupación de sus padres, que son ahora aún más buenos y permisivos, concediéndole cosas que antes le eran negadas. Sin embargo, a cambio de alguna pequeña ventaja, se encuentra de repente en un sitio distinto a los lugares a los que está acostumbrado, rodeado de personas extrañas, que hacen cosas dolorosas, y se ve obligado a permanecer en cama, mientras que lo que le gustaría sería correr y jugar.

Naturalmente la intervención quirúrgica, ya sea ésta una simple apendicectomía o tonsilectomía o bien una operación más seria, altera el normal proceso de crecimiento del niño, aunque según distintos modelos en función de la edad y de la gravedad de la situación.

Aunque la hospitalización dure poco y los cuidados necesarios no sean especialmente agresivos, se produce en cualquier caso una interrupción del ritmo normal de vida del niño, con pérdida, aunque sea transitoria, de costumbres, hábitos y referencias.

LAS VENTAJAS DE UNA PREPARACIÓN PSICOLÓGICA

Como en cualquier otro acontecimiento significativo de la vida, la respuesta emocional del niño a la enfermedad y a la intervención quirúrgica depende de la capacidad de comprensión del pequeño y de cómo los adultos sepan estar a su lado en tan delicado momento.

Una adecuada preparación psicológica permitirá al niño enfrentarse a esta experiencia con menos ansiedad y activar mecanismos de defensa adecuados que le ayudarán a sentir que participa de forma activa en su curación.

Mediante una valoración superficial, el niño que ha sido objeto de un seguimiento psicológico puede parecer más preocupado y reactivo, porque se muestra más consciente, mientras que el paciente ignorante está tranquilo, en la medida en que todavía no se ha dado cuenta de nada, y por ello no tiene miedo.

Poder hablar de su miedo, poder expresar las fantasías ligadas a sus experiencias corporales y conocer el camino que le queda por recorrer permitirán al niño recuperarse más rápidamente, impidiendo que una reelaboración exclusivamente emocional de la situación raye en lo patológico y constituya la premisa de una futura realidad neurótica.

En este sentido es conveniente que también los padres sean adecuadamente informados, de forma que puedan responder a las preguntas del pequeño y tengan conocimiento del comportamiento que deben seguir para evitar que el niño termine cargando también con la ansiedad de los progenitores.

Hoy día, afortunadamente, tanto los médicos como el personal sanitario en general son sensibles a la dinámica psicológica de los pacientes, sobre todo en el terreno de la pediatría. Se trata por ello de crear estructuras acogedoras y de permitir a las madres que permanezcan todo el tiempo que deseen junto a los pequeños enfermos.

Algunos consejos a los padres

• Es conveniente que el niño conozca la razón de su internamiento en el hospital: hay que hablar mucho con él y explicarle de vez en cuando qué le van a hacer para curarle.

• Hay que responder siempre con palabras sencillas a las preguntas que pueda plantear el niño: cada mentira de los padres no sólo quedará pronto desmentida sino que además hará que el niño pierda la confianza en ellos.

• Si los padres albergan dudas sobre la naturaleza de la enfermedad y del tratamiento, deben dirigirse al médico, sin miedo a molestarlo y a parecer pesados: muchas veces la ansiedad y el miedo inhiben la capacidad de comprensión, por lo que es mejor recibir aclaraciones que permanecer inmersos en la confusión y en la sospecha.

• Es conveniente preparar la maleta con el niño y también pasar unos días antes por el hospital: ello servirá para que el niño se sienta activo y partícipe.

• Se debe permitir al niño que se lleve al hospital algún objeto de casa y algún juguete: ello le ayudará a familiarizarse con el ambiente.

Si el niño siente dolor, el padre debe respetarlo y no infravalorar su sufrimiento.

Se debe intentar que el niño reciba visitas de amigos o compañeros de escuela, recordando que los niños se distraen mas con sus coetáneos que con los mayores.

Hay que tratar de no cansar al pequeño con demasiadas visitas y sobre tod0o evitar que alguien pueda llevarle cualquier tipo de comida, mientras que si se puede sugerir al personal del hospital alguna comida que le guste especialmente.

La vuelta a casa se le debe plantear solo cuando exista la total seguridad de que ello va a suceder, mientras que es conveniente hablarle mucho de la vida en casa, dándole a entender que se le hecha mucho de menos y que cuando vuelva encontrara todo como antes.

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