EL NIÑO VA AL COLEGIO
EL COLEGIO complementa las funciones de la familia, proporcionando al niño todos los conocimientos indispensables para su desarrollo futuro y para su incorporación a la sociedad como adulto autosuficiente. No obstante, el paso del cascarón protector de la familia al colegio no es siempre totalmente indoloro.
Con el comienzo del colegio se abre para el niño un mundo nuevo. En los años anteriores no se había aventurado mucho a salir de casa y de la protección familiar y sus únicas referencias eran sus padres; ahora debe aprender a arreglárselas por sí solo, valiéndose de los instrumentos adquiridos a través de las primeras experiencias sociales domésticas y basándose en la seguridad que le transmite el ambiente familiar, que seguirá ocupando el centro de su vida.
Se siente orgulloso de entrar a formar parte del “mundo de los mayores”, aunque sea perdido entre tantos niños que todavía no conoce, inseguro en su relación con el maestro, que es la primera representación de la autoridad fuera de la familia, y ante las nuevas tareas que le esperan.
En efecto, los primeros años de escuela, requieren ya por parte del niño atención y responsabilidad: si en preescolar el pequeño había aprendido a jugar y a estar con los demás niños, lo que cuenta ahora no es ya simplemente el hecho de ir a la escuela, sino obtener resultados.
Los propios padres cambian de actitud cuando sus hijos empiezan a frecuentar la escuela elemental, y quieren ver progresos reales: si las primeras palabras, los primeros pasos y los pequeños descubrimientos fueron acogidos con gran entusiasmo por papá y mamá, ahora en cambio el niño se da cuenta de que cada éxito se halla estrechamente ligado a un esfuerzo y de que debe hacer por sí mismo lo que poco tiempo atrás hacía con ayuda; del mismo modo, se dará cuenta poco a poco de que el haber aprendido á leer, a escribir y a contar le servirá sólo para poder aprender otras cosas.
El niño vive el primer y el segundo año de escuela, como un ”juego serio”, no observándose hasta los siete-diez años las primeras motivaciones: la curiosidad, el interés por nuevos conocimientos, el deseo de afirmación y el placer de saber. Estos sentimientos, en realidad, son bastante poco frecuentes, en parte debido a que para la mayoría de los estudiantes el hecho de ir al colegio produce gran intolerancia por su carácter obligatorio, relegando los aspectos agradables al encuentro con los compañeros, al placer de las primeras confidencias y al descubrimiento de la amistad.
Será más tarde, a medida que el niño vaya creciendo, cuando comprenderá de lleno el valor social y cultural del colegio
