Si esto es así en general, cuando se realiza algún tipo de emparejamiento o actividad sexual con personas del mismo sexo, los cimientos de muchas familias parecen temblar.
Estas situaciones chocan frontalmente con nuestros patrones culturales. De hecho son muchas las culturas que incorporan la homosexualidad como un tipo de actividad más del proceso que los jóvenes tienen que recorrer hacia la vida adulta.
Así, entre los Azande de Sudán, famosos por sus proezas guerreras, los hombres pertenecientes al grupo de solteros, que vivían separados de sus mujeres durante años, tenían relaciones sexuales con los guerreros del grupo de aprendices.
Después de sus experiencias con los "chicos-esposas" los guerreros ascendían de categoría, se casaban y tenían muchos hijos. La antropología describe un buen número de usos como este.
Ante descripciones de este tipo, podemos mantener dos posturas. Una pasa por reconocer la relatividad cultural de nuestros juicios y valores, entendiendo que nuestras preferencias y nuestros valores son uno más entre distintas opciones, ni mejores ni peores, solo las nuestras.
La otra alternativa es la de establecer una escala donde pongamos nuestras opciones como las válidas y las otras como inaceptables.
La antropología denomina a esta posición etnocéntrica: nuestras pautas de conducta son incuestionablemente las "naturales" y en consecuencia las únicas aceptables; toda otra costumbre es salvaje, inhumana, repugnante e irracional.
Como objeto de estudio, la homosexualidad ha dado lugar a miles de páginas que intentaban explicar esta conducta. Existen cientos de teorías, pero no se vislumbra una causalidad concreta que la determine. Lo que parece claro es que no tiene nada que ver con una "enfermedad", aunque algunos pasen muchas horas en laboratorios para demostrarlo.
Lo cierto es que resulta difícil hablar de homosexualidad en singular ya que las relaciones sexuales con personas del mismo sexo son diversas.
Existen, por ejemplo, numerosas personas que a lo largo de su vida han mantenido algún contacto sexual de este tipo, otras mantienen de forma permanente relaciones sexuales con personas del otro sexo y de forma esporádica mantienen relaciones homosexuales, determinadas personas escogen de forma exclusiva a otras de su sexo para desarrollar su sexualidad.
Por otro lado, la elección de personas de uno y otro sexo para compartir la sexualidad es algo que varía en el tiempo. Es frecuente, por ejemplo, que en la infancia y la adolescencia se realicen juegos, exploraciones y otras actividades de orden sexual entre amigos/as del mismo sexo, esto no es ningún elemento que determine la orientación sexual de nadie. Otra realidad que habla de lo inconsistente de la homosexualidad como tarjeta la definen aquellas personas que durante una época de su vida mantienen exclusivamente un tipo de orientación sexual, por ejemplo heterosexuales, y en momentos posteriores establecen relaciones de signo contrario.
En la elección de pareja no existe ningún tipo de etiqueta y no sería justo tratar la orientación sexual de esta manera. Tristemente, en ocasiones, esas etiquetas sociales tienen la capacidad de estigmatizar a quienes se les colocan. Debemos evitar cualquier tipo de prejuicio que nos lleve más allá de considerar a cada persona distinta y al mismo tiempo mantener el principio de igualdad en su diferencia. Hacer esto significa respetar la libertad de cada persona para desarrollar su vida sexual y afectiva.
La masturbación: de granos cegueras y otras historietas
Durante mucho tiempo nosotros, padres y madres, hemos oído hablar de la masturbación, dicho en términos más finos autoerotismo, como algo terrible.
Aunque la mayor parte de las veces en voz baja o de forma soterrada, hacia los adolescentes de hace una décadas (o sea, la mayor parte de los lectores de estos Materiales) personas importantes para ellos han enviado mensajes constantes que informaban de los terribles efectos de la masturbación.
Además de sus males (efectos) morales, su práctica tenía consecuencias trágicas que iban de la aparición del acné a la esterilidad, pasando por la ceguera y la calvicie.
Los educadores de aquella época eran tan víctimas/actores de su momento histórico y cultural como desconocedores de los más mínimos conocimientos en sexología. Los estudios de las ciencias sexológicas que han ido apareciendo a lo largo de las últimas décadas, vienen a demostrar todo lo contrario. La masturbación no sólo es inocua sino que su ejercicio tiene unas consecuencias favorables para las personas.
El autoerotismo es una práctica útil para la obtención de placer y satisfacción personal; para la descarga de tensiones físicas y de ansiedad; además es un instrumento inigualable para el autoconocimiento de nuestros cuerpos, esto es algo que, siendo beneficioso en sí mismo, nos permite compartir nuestras experiencias con nuestra/s pareja/s.
Cuando se realiza vida sexual en pareja, la masturbación permite una cierta independencia a cada uno de sus integrantes de sus respectivos deseos sexuales.
Este planteamiento puede chocar un poco si tenemos asociada la masturbación a la adolescencia o lo vemos como un recurso menor a utilizar cuando no es posible la sexualidad de pareja.
Esta asociación no puede, de ninguna manera, separarse de una concepción social restrictiva de la sexualidad de la que ya hemos hablado anteriormente.
El autoerotismo es una actividad que depende únicamente de los deseos de cada persona, independientemente de su edad, su situación de pareja o su sexo.
Masturbación y género
Si nos detenemos a observar los datos que distintas encuestas aportan sobre la práctica de la masturbación entre adolescentes, un primer dato llama la atención: la elevada diferencia entre chicos y chicas.
No sólo parece que los chicos realizan más actividades autoeróticas sino que tienen muchos menos pudor para contarlo que las chicas.
Estadísticamente es así y pueden existir varias razones para ello.
Una, enmascarada pero constante en nuestra historia próxima, es que se trata de una cuestión de sexo. Resumidamente: los hombres tienen más "apetito" sexual que las mujeres, quienes, en el fondo están para satisfacer el apetito de los varones.
Desde otros puntos de vista más racionales y coherentes se podría decir que nuestra cultura, poco favorecedora en general para el desarrollo de la sexualidad de las mujeres, no hace una excepción en este tema.